Bienestar

Recientes investigaciones sobre el consumo de pasta corroboran que, frente a los 43 kg de consumo per cápita al año, en Italia, en 2014, hemos descendido a 30 kg anuales por persona. Si antes se consumían un poco menos de 120 gramos de pasta al día, la tendencia de los últimos años ha llevado a consumir poco más de 80 gramos al día. ¿Los motivos?

En primer lugar, existe la firme y errónea convicción de que la pasta engorda o que es mala para la salud a causa del gran incremento de las intolerancias a los farináceos y, en consecuencia, al gluten.

Celiaquía, baja digestibilidad, dietas demasiado ricas en hidratos de carbono… son todas ellas consecuencias del consumo, ya consolidado, de un tipo de pasta que, por motivos comerciales, se produce con materias primas de muy baja calidad y con procesos de elaboración que reducen drásticamente todos los valores nutricionales de la propia pasta y la hacen poco digerible. Las harinas o las sémolas de la pasta de gran consumo a menudo provienen de trigo duro cuyo origen no está indicado y los procesos de elaboración están siempre orientados a esas grandes cifras que, inevitablemente, se traducen en una drástica reducción de la calidad. Cuando, por ejemplo, se mira exclusivamente a un incremento de la productividad utilizando un proceso de secado de pocas horas a altas temperaturas, que superan los 90 grados, se consigue un producto carente de valores nutricionales y una calidad de pasta plastificada en su exterior, a menudo definida inapropiadamente como “al dente”. Las primeras patologías alimentarias vinculadas al consumo de pasta son consecuencia de estos varios factores.

Por otra parte, estamos ya acostumbrados a pastas que no “se pasan de cocción” y que no tienen un sabor definido y, en consecuencia, sentimos la necesidad de crear condimentos a menudo pesados y de difícil digestión.

No se tiene en cuenta, además, que 100 gramos de pasta de calidad lentamente secada generan una sensación de saciedad igual a 170 gramos de baja calidad.

Cuando se habla de pasta realizada siguiendo el método artesanal conforme a la tradición, no se quiere solamente valorizar una palabra o un producto, sino que se quiere subrayar que, en la historia del arte de la elaboración de la pasta destacan dos valores fundamentales: el bienestar y la salud de comer sano y el placer de la buena alimentación. La calidad de las materias primas y un atento proceso de elaboración, que no está orientado a grandes cifras, comporta la realización de un producto que, con costes ligeramente superiores, nos permite consumir algo que hace bien a nuestro cuerpo y a nuestros sentidos.

Análisis de laboratorio demuestran que las propiedades organolépticas y los valores nutricionales de una pasta de gran calidad son totalmente beneficiosos para una dieta sana: un alto contenido en proteínas, junto a la cantidad de fibras y antioxidantes presentes en la pasta Columbro, hacen del consumo de un primer plato algo naturalmente sano, sabroso, incluso sin salsa y, sobre todo, muy fácilmente digerible. Bastaría un simple hilo de aceite o un condimento ligero como las salsas de la línea 1800 Pregiata Dimora para sentir y redescubrir el auténtico sabor del trigo duro y disfrutar de la sensación de bienestar que deriva de un alimento nacido de la naturaleza.

Porque Columbro, desde siempre, está convencido de “que todos nuestros productos los deben poder comer nuestros hijos”.